Día de los pueblos indigenas – El libro de los abrazos – Eduardo Galeano

Rigoberta Menchú nació en Guatemala, cuatro
siglos y medio despues de la conquista de Pedro
de Alvarado y cinco años despues de la conquista de
Dwight Eisenhower

En 1982, cuando el ejercito arraso las montañas
mayas, casi toda la familia de Rigoberta fue exter-
minada, y fue borrada del mapa la aldea donde
su ombligo había sido enterrado para que echara
raíz.

Diez años despues, ella recibio el premio Nobel
de la Paz. Y declaro:

–Recibo este premio como un homenaje al pue-
blo maya, aunque llegue con quinientos años de
demora.

Los mayas son gente de paciencia. Han sobrevi-
vido a cinco siglos de carnicerías.
Ellos saben que el tiempo, como la araña, teje
despacio.

9 de agosto – Día Internacional de los Pueblos Indígenas 

 

Las edades de Ada – Mujeres – Eduardo Galeano

A los dieciocho años, se fuga en brazos de su pre-
ceptor.

A los veinte se casa, o la casan, a pesar de su no-
toria incompetencia para los asuntos domésticos.

A los veintiuno, se pone a estudiar, por su cuen-
ta, logica matemática. No son esas las labores mas
adecuadas para una dama, pero la familia le acep-
ta el capricho, porque quizás así pueda entrar en
razón y salvarse de la locura a la que esta destinada
por herencia paterna.

A los veinticinco, inventa un sistema infalible, ba-
sado en la teoría de las probabilidades, para ganar
dinero en las carreras de caballos. Apuesta las joyas
de la familia. Pierde todo.

A los veintisiete, publica un trabajo revolucio-
nario. No firma con su nombre. ¿Una obra cienti-
fica firmada por una mujer? Esa obra la convierte
en la primera programadora de la historia: propo-
ne un nuevo sistema para dictar tareas a una ma-
quina que ahorra las peores rutinas a los obreros
textiles.

A los treinta y cinco, cae enferma. Los médicos
diagnostican historia. Es cáncer.

En 1852, a los treinta y seis años, muere. A esa
misma edad había muerto su padre, Lord Byron,
poeta, a quien nunca vio.

Un siglo y medio después, se llama Ada, en su
homenaje, uno de los lenguajes de programación
de computadoras.

 

Adios – Mujeres – Eduardo Galeano

 

Las mejores pinturas de Ferrer Bassa, el Giotto
catalan, estan en las paredes del convento de Pe-
dralbes, lugar de las piedras albas, en las alturas de
Barcelona.

Alli vivian, apartadas del mundo, las monjas de
clausura.

Era un viaje sin retorno: a sus espaldas cerraba el
porton, y se cerraba para nunca mas abrirse. Sus fa-
milias habian pagado altas dotes, para que ellas mere-
cieran la gloria de ser por siempre esposas de Cristo.

Dentro del convento, en la capilla de San Mi-
guel, al pie de uno de los frescos de Ferrer Bassa,
hay una frase que ha sobrevivido, como a escondi-
das, al paso de los siglos.

No se sabe quien la escribio.
Se sabe cuando. Esta fechada, 1426, en numeros
romanos.

La frase casi no se nota. En letras góticas, en len-
gua catanala, pedia y pide todavia:

Dile a Juan
que no me olvide.
(No m´oblidi / diga.li a Joan.)

Click en la imagen de abajo para agrandar.

Pintura de la celda de San Miguel , obra “San Francisco y Santa Clara” Capilla de San Miguel – Monasterio de Pedralbes. España (Barcelona)

El arte de dibujarte – Mujeres – Eduardo Galeano

En algún lecho del golfo de Corinto, una mujer
contempla, a la luz del fuego, el perfil de su aman-
te dormido.

En la pared, se refleja la sombra.

El amante, que yace a su lado, se ira. Al amane-
cer se ira a la guerra, se irá a la muerte. Y también
la sombra, su compañera de viaje, se ira con el y
con el morirá.

Es de noche todavía. La mujer recoge un tizon en-
tre las brasas y dibuja, en la pared, el contorno de
la sombra.

Esos trazos no se iran.
No la abrazaran, y ella lo sabe, Pero no se irán.

 

 

 

Llorar – El libro de los abrazos – Eduardo Galeano

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FUE en la selva, en la amazonia ecuatoriana. Los indios shuar estaban llorando a una abuela moribunda. Lloraban sentados, a la orilla de su agonía. Un testigo, venido de otros mundos, pregunto:

-¿Por que lloran delante de ella, si todavía esta viva?
Y contestaron los que lloraban:

– Para que sepa que la queremos mucho

 

Nochebuena – El libro de los Abrazos – Eduardo Galeano

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FERNANDO Silva dirige el hospital de niños, en Managua.
En vísperas de Navidad, se quedo trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.

Hizo una ultima recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodon: se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpa o quizás pedían permiso.

Fernando se acerco y el niño le rozo con la mano:
– Decile a… — susurro el niño — . Decile a alguien, que yo estoy aquí.

Alfonsina – Mujeres – Eduardo Galeano

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Alfonsina

1935. Buenos Aires

A la mujer que piensa se le secan los ovarios. Nace la mujer para producir leche y lagrimas, no ideas; y no para vivir la vida sino para espiarla desde las ventanas a medio cerrar. Mil vece se lo han explicado y Alfonsina Storni nunca lo creyó. Sus versos mas difundidos protestan contra el macho enjaulador.